08 Jul Viñas prefiloxéricas: el tesoro enterrado en la arena de La Horra
A finales del siglo XIX, un insecto diminuto llegado de América estuvo a punto de acabar con el vino europeo. La filoxera — un pulgón que ataca las raíces de la vid — arrasó millones de hectáreas de viñedo en Francia, y después en España, obligando a arrancar y replantar casi todo el viñedo del continente sobre pies de vid americana, resistentes a la plaga.
Casi todo. Porque hubo rincones donde la filoxera no pudo entrar. Y algunos de esos rincones están en La Horra.
El insecto que no sabía nadar en arena
La filoxera se desplaza bajo tierra, de raíz en raíz, a través de las grietas que se forman en los suelos compactos. Pero los suelos arenosos tienen una propiedad providencial: la arena no se agrieta y se desmorona alrededor del insecto, impidiéndole avanzar. En terrenos con alto contenido de arena, la plaga simplemente no prospera.
En el término de La Horra existen pagos de suelos sueltos y arenosos donde las cepas plantadas antes de la llegada de la plaga siguieron viviendo como si nada hubiera pasado. Mientras Europa entera replantaba, aquí las viñas continuaron dando uva sobre sus propias raíces — en pie franco, como se dice en viticultura. Son las viñas prefiloxéricas: supervivientes de más de un siglo.
Qué hace especial a una cepa centenaria
Una viña vieja no es solo una curiosidad histórica. Es otra manera de hacer vino. Sus raíces profundas, tras décadas buscando agua, exploran capas de suelo que una viña joven ni sueña con alcanzar, y eso se traduce en regularidad frente a los años secos. Su producción es baja — a veces menos de un kilo por cepa — pero cada racimo concentra lo que la planta ya no gasta en crecer. Y plantada en vaso, sin espaldera, como se hizo siempre en La Horra, se autorregula con una sabiduría que solo dan los años.
Nuestras viñas en pie franco conservan además el Tinto Fino tal y como era antes de la filoxera: una biblioteca viva de la variedad que ningún vivero puede replicar.
Nuestro patrimonio de viñas viejas
En Dominio de Montelahorra, más de la mitad del viñedo supera los 50 años, y conservamos cepas centenarias y parcelas prefiloxéricas plantadas en esos suelos arenosos que burlaron a la plaga, entre los 800 y 850 metros de altitud. De estas parcelas nacen nuestros vinos de gama alta — como Valezar o El Canto del Ángel — donde el Tinto Fino habla con su voz más antigua.
Un legado que no se puede replantar
Se puede construir una bodega nueva en dos años. Se puede plantar un viñedo en una tarde. Lo que no se puede hacer es fabricar una cepa de cien años: esa solo la da el tiempo, y el tiempo, en La Horra, jugó a nuestro favor. Por eso decimos que nuestro mayor activo no está en la bodega, sino enterrado en la arena.
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